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En Septiembre del año 2000 la Asamblea General de Naciones Unidas aprobó por unanimidad las "Metas del Milenio", como compromiso de los países para reducir los mayores factores de desequilibrio en el mundo y alcanzar mayor desarrollo.

Los 8 Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM) o Metas del Milenio son los siguientes:

1. Erradicar la pobreza extrema y el hambre.
2. Lograr la enseñanza primaria universal.
3. Promover la igualdad entre los géneros y la autonomía de la mujer.
4. Reducir la mortalidad infantil.
5. Mejorar la salud materna.
6. Combatir el VIH/SIDA, el paludismo y otras enfermedades.
7. Garantizar la sostenibilidad del medio ambiente.
8. Fomentar una asociación mundial para el desarrollo.

Estos Objetivos están propuestos para ser alcanzados en el año 2015. Lograr estos Objetivos supone un gran reto desde varios órdenes.

En primera instancia, la necesidad de incrementar los recursos financieros destinados a la cooperación al desarrollo y a la par, mejorar la calidad y el impacto de la ayuda al desarrollo.

Para lograr la difusión e implementación de las Metas del Milenio Naciones Unidas lanzó una Campaña Internacional para las Metas del Milenio. Esta campaña busca sensibilizar sobre la necesidad de que la comunidad internacional destine mayores recursos económicos. La Campaña apunta también a sensibilizar y promover un cambio cultural profundo de los modelos de desarrollo y en la toma de decisión, ya que hoy solo una quinta parte de la humanidad alcanza tener un papel activo en el desarrollo, mientras que las cuatro quintas partes de la humanidad no poseen, actualmente, los instrumentos para desempeñar un papel activo en los procesos de decisión y de cambio.

Esta Campaña implica y necesita un compromiso y una toma de conciencia de todos los países y en cada país, de todas las instancias de la sociedad.

En el contexto de la Campaña Internacional lanzada por las Naciones Unidas para lograr la difusión e implementación de las Metas del Milenio, se está perfilando la exigencia de un nuevo paradigma de cooperación basado en una relación de alianzas que enfrenta un desafío común en lugar del tradicional paradigma basado en una relación entre "donantes y receptores".

La cooperación para el desarrollo, con sus recursos limitados, no puede por sí sola realizar los cambios necesarios. Pero sí puede constituir un instrumento que genere la participación de la opinión pública y las comunidades locales que permita el intercambio de soluciones técnicas y tecnológicas, modelos organizacionales y gerenciales, prácticas innovadoras entre los diferentes países y contextos políticos y culturales. Igualmente, puede constituir un laboratorio para la aplicación de estas soluciones articulando los procesos de desarrollo humano nacionales y locales y actividades concretas para la reducción de la pobreza.

De esta manera, la cooperación internacional puede convertirse en un instrumento de los gobiernos y sociedades civiles del norte y del sur que contribuya a alcanzar el reto de los ODM.

En otras palabras, la cooperación - y particularmente la cooperación descentralizada articulada y subordinada a las estrategias de desarrollo de cada país - puede ser un instrumento eficaz puesto a disposición de los ciudadanos del Norte y del Sur del mundo que les permita relacionarse para transformar en prácticas el compromiso para la aplicación de las Metas del Milenio.

Nos encontramos entonces ante el desafío representado por la necesidad de apoyar una modalidad de cooperación que, para mejor contribuir en alcanzar los ODM, promueva tanto el protagonismo y la acción de países donantes y de la sociedad civil, como de las comunidades locales, de los gobiernos nacionales y de Naciones Unidas, pero de forma articulada y sinérgica, con toda la complejidad que la armonización de la acción entre diferentes actores requiere para mejorar el impacto y la calidad de la acción internacional.

Para este fin resulta particularmente importante pensar en formas, metodologías y estrategias de cooperación internacional que promuevan y faciliten la participación y la armonización de la acción de diferentes actores del norte y del sur en función del cumplimiento de los 8 objetivos fijados por los ODM.

Las ciudades tienen un rol determinante en este reto, ya sea como actores que como finalidad misma de la acción de la cooperación internacional. Las comunidades locales son espacios idóneos donde las estrategias de lucha contra la pobreza se concretan a través de la acción concertada de diferentes actores multilaterales y gobiernos nacionales y locales.

En el encuentro de Sevilla celebrado en abril de 2003, sobre Cooperación Descentralizada y Cooperación Multilateral, se presentó la propuesta de articulación entre marco multilateral y cooperación descentralizada como estrategia de apoyo al desarrollo local. Este mismo encuentro fue la oportunidad para que diferentes actores de la cooperación descentralizada experimentaran esta propuesta en diferentes países.

En las conclusiones de este evento se expresó y sugirió la posibilidad de promover un segundo encuentro de seguimiento en la ciudad de La Habana, reconociendo la importancia de los resultados obtenidos en Cuba con el desarrollo de esta modalidad de cooperación.


Nota:

En coincidencia con la realización del Encuentro sobre Cooperación Descentralizada, sesionó, también en La Habana Vieja, el IV Encuentro Internacional sobre Manejo y Gestión de Centros Históricos, convocado por la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana y copatrocinado por el PNUD y la UNESCO, como un espacio para compartir y reflexionar acerca de un cuerpo conceptual construido en base a las experiencias de América Latina y el Caribe.